Y son horas. Horas las que llevas ahí metido, sentado, inmóvil, incapaz de cambiar las piernas de postura ni de levantarte, pues la señora del asiento de al lado lleva dormida desde que empezó el viaje. Horas.
El cuerpo se comprime. El estómago no puede aguantar más la presión y todo tu cuerpo se concentra en la garganta, tratando de evitar la rebelión de tus entrañas. Decides quedarte quieto, sin mover ninguno de tus aletargados músculos, intentando prever cada bache y sufriendo todos los que el autobús se va encontrando.
El cuerpo se debilita. Apoyas la cara contra el cristal. No deberías. Sientes el frío en tu mejilla y miras la carretera, el desierto. Los postes de la luz y de teléfono pasan a toda velocidad, cada uno de ellos golpeando tu frente como un martillo.
Miras hacia abajo sólo con los ojos. Tratando de evitar todo. Mueves la muñeca para poder mirar el reloj. Aún deben quedar horas.
Miras hacia abajo sólo con los ojos. Tratando de evitar todo. Mueves la muñeca para poder mirar el reloj. Aún deben quedar horas.

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